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ARTE URBANO

              El Banksy gallego que triunfa sin pintar grafitis

Pieza de Cordal colocada frente al Museo Guggenheim de Bilbao, ciudad en la que tiene su estudio.
13/05/2019

Otro mundo es posible, pero a la altura de la suela del zapato: en un charco, en una grieta del pavimento, junto a una tubería, sobre una alcantarilla... El artista Isaac Cordal anima a la movilización con su universo en miniatura situado a ras de suelo. Ahora que todos caminamos por la acera con la cabeza inclinada hacia la pantalla del móvil -los fisioterapeutas ya llaman a esta mala postura text neck o cuello de texto-, Cordal invita a mirar para abajo. Donde no mira casi nadie. Donde también pasan cosas.

«En la ciudad hay un montón de estímulos visuales, sobre todo publicidad, con la que se nos bombardea constantemente», lamenta. «Me parece interesante prestarle atención a los pequeños detalles. Hoy en día interactuamos bien poco con el entorno urbano. Todo está prohibido o a punto de estarlo».

Cordal (Pontevedra, 1974) es el creador más invisible del street art nacional. Por dos razones. La primera es que, a diferencia de la mayoría de sus colegas, no se dedica a pintar con spray grandes fachadas encima de una grúa, ejecuciones siempre vistosas y susceptibles de acabar en Instagram o en el cierre de un telediario. Sus intervenciones en el espacio público, por el contrario, consisten en algo bastante menos grandilocuente: la colocación de figuritas humanas en lugares insospechados, buscando más la sorpresa del peatón que la repercusión mediática.

«Creo que el hecho de reducir la escala es interesante porque las esculturas pasan desapercibidas: si te fijas, las ves, y si no, no pasa nada. No molestan. Ya hay bastantes mausoleos y próceres ecuestres asediando las ciudades», explica por correo electrónico.

'Follow the leaders', la crítica contra el orden económico de Cordal en Montreal.

La segunda razón es que en los últimos 10 años este maestro de lo minimal ha vivido y desarrollado su carrera fuera de España. Londres, Berlín, Bruselas, Nueva York, Ámsterdam, Bogotá o Hanoi son algunas de las ciudades a las que ha viajado con su serie Cement eclipses. Ahora a esa ruta internacional se incorpora Madrid. Desde hoy, y hasta el próximo domingo, Cordal participa como artista invitado en la sexta edición de C.A.L.L.E., el festival organizado por la plataforma Madrid Street Art Project y Cervezas Alhambra que transforma hasta 50 comercios del barrio de Lavapiés con diferentes propuestas de pintura mural, collage o fotografía.

«Es un barrio muy especial. Tiene todo eso que me gusta: vida y contrastes», comenta sobre el futuro emplazamiento de sus piezas en la capital. Un escenario amenazado por la gentrificación donde un vecino con retranca escribió hace unos días: Tu street art me sube el alquiler.

Lo paradójico es que Cordal precisamente se ha hecho un nombre criticando los excesos del capitalismo, el compadreo de la casta política, la pasividad en la lucha contra el cambio climático, los tics de la sociedad patriarcal y la deriva de la era ultratecnológica. Su actitud de denuncia, siempre barnizada de humor y para la que no recurre a ningún tipo de mensaje escrito, le emparentan con el británico Banksy, la estrella mundial del género callejero.

«Ha creado un diálogo necesario y me parece que incluso en su ascenso vertiginoso nunca ha dejado de lado su compromiso con ciertos valores. Eso quizá es lo que más le engrandece a día de hoy», comenta con admiración el gallego sobre su compañero de circuito. «En mi trabajo reflexiono sobre los efectos colaterales de nuestra idea de progreso. No es que quiera encasillarme en tratar temas sociales, pero la verdad es que vivimos una época compleja y me interesa usar la creación como una forma de combate para intentar comprender el mundo que hemos creado».

Un bróker -maletín incluido- que malvive entre cartones frente a la Bolsa de Nueva York, dos hombres blancos, calvos y cincuentones que transportan un trozo de césped en Jyväskylä (Finlandia), una reunión de empresarios con el agua literalmente al cuello en Montreal, un potencial suicida en Blackburn (Inglaterra)... Los hombrecitos de Cordal protagonizan situaciones de una melancolía entre poética y risible.

«El lenguaje visual que utilizo es bastante sencillo y no está codificado, por lo que es fácil sentirse identificado con las escenas creadas. La escultura es figurativa, y eso me imagino que ayuda en su lectura. Esta sencillez tiene sus cosas positivas y negativas», admite.

Otra de las piezas del escultor gallego, en Blackburn (Inglaterra).

Después de licenciarse en Bellas Artes en la universidad de su ciudad, y antes de completar su formación con un máster en artes digitales en Londres, Cordal pasó por la escuela de canteiros pontevedresa, donde aprendió algunos fundamentos que ahora aplica. «Generalmente modelo las piezas en barro, arcilla polimérica o plastilina. Después hago un molde de silicona y las cuelo en distintos materiales, sobre todo en cemento, porque me parece un material simbólico, como la huella que nos delata frente a la naturaleza. Creo que en ese sentido las esculturas se camuflan bien con el mobiliario urbano: cajas de luz, cables, muros... El tiempo para producir las piezas depende de su complejidad, pero en general soy lento a la hora de producir», explica.

Dice estar interesado en hacer grandes instalaciones en espacios convencionales, pese a que ya expone en galerías. También que le inspira tanto lo que ocurre a la vuelta de la esquina como en lugares remotos. Aunque a los medios de comunicación les zurra igualmente: «Tenemos más acceso que nunca a la información, pero es una información superficial, basada en el entretenimiento... Hoy en día eso de estar informado no significa nada».

https://amp.elmundo.es/papel/historias/

     n° 512

30/06/2019

Frida Khalo