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Bolsonaro, el hijo no deseado del progresismo /por Hoenir Sarthou

Bolsonaro, el hijo no deseado del progresismo por Hoenir Sarthou

 

Casi cincuenta millones de brasileños, prácticamente la mitad de quienes votaron, lo hicieron por Jair Bolsonaro en la primera vuelta electoral.

Hay muchas formas de interpretar el hecho. Algunos uruguayos se horrorizan. Ven a Bolsonaro como la encarnación del mal y llegan a afirmar que la democracia (es de suponer que sólo la brasileña) está en peligro. Se dijo lo mismo cuando triunfó Trump en los EEUU. Es extraño oír que la democracia peligra por un resultado electoral. Tal vez alguna gente confunda a la democracia con el triunfo de aquello que le gusta.

Por su trayectoria, Bolsonaro es un autoritario en lo político-institucional y un híper conservador en lo social. Resta saber qué hará realmente en la economía, un área esencial para cualquier gobierno y para cualquier pueblo. Su imagen es proteccionista, proclive a defender la economía brasileña. Pero su hombre de confianza en economía es Paulo Guedes, un ultra liberal partidario de privatizar y desregular todo lo posible. Junto a Guedes, muchas figuras del sistema financiero compiten con los militares como futuros miembros del gobierno.

Antes de las elecciones, trascendió que Bolsonaro habría logrado cierta bendición del sistema financiero global. La versión fue desmentida, pero los nombres anunciados para integrar el gobierno permiten al menos dudar.  Cabe preguntarse si esa danza de nombres es una estrategia que disimula algún plan proteccionista, o si es definitivamente el precio que Bolsonaro pagará para llegar a la presidencia.

Así las cosas, es posible que el próximo presidente de Brasil sea un autoritario, reaccionario, misógino, homófobo, racista, violento y todas las otras lindezas que se le achacan, y, a la vez, un conveniente títere de los intereses financieros. Los hechos dirán.

¿Por qué Bolsonaro está casi a punto de convertirse en presidente de Brasil con el apoyo de casi la mitad de los votantes después de quince años de gobiernos progresistas del PT?

Esa es la pregunta que hoy intentan responder los analistas "bienpensantes" de todo el mundo. ¿Cómo el progresismo pudo generar ese hijo no deseado?

La respuesta más inmediata es: "la corrupción". Sin duda, la corrupción del sistema político brasileño, y muy especialmente la del PT, fue nutriendo el desencanto que hoy se expresa a través de Bolsonaro. Pero esa explicación tiene un problema.

La corrupción no nace de la nada. Y menos en un partido como el PT, construido desde bases sociales ajenas a grandes intereses. Antes de la corrupción es necesaria otra cosa:  la aceptación de cierto estado de cosas y del papel que a los gobiernos progresistas les corresponde en él.

El papel histórico aceptado por el progresismo (no sólo en Brasil) es, a la vez, el de instrumento y moderador del modelo económico global. Instrumento porque son los gobiernos progresistas los que logran imponer las medidas más antipáticas del modelo.  Y moderador porque pretende mitigar sus aspectos más duros.

La centralidad dada por los gobiernos progresistas a la inversión extranjera, su desvelo por el grado inversor,  la frescura con que contraen deuda pública que los condiciona, la naturalidad con que le otorgan privilegios al capital financiero y a las multinacionales interesadas en extraer recursos naturales, sólo son comparables con el entusiasmo con que compran la cara social y cultural del modelo: políticas sociales asistencialistas, descuido de la educación, indiferencia ante la violencia que afecta a los sectores sociales más pobres,  desprecio por  la cultura local, agenda de reivindicaciones identitarias en lugar de aspiración general a la igualdad, la corrección política y la censura del pensamiento crítico, las pautas de consumo como recurso domesticador, la moda y la diversión como supremos valores y una confusión sistemática entre comunicación pública y publicidad mentirosa.

La moneda de cambio de los partidos progresistas para actuar como gestores del modelo ha  sido su capacidad de controlar a las organizaciones sociales establecidas (sindicatos, movimiento estudiantil, etc.) y cierta hegemonía en los ámbitos académicos, intelectuales y artísticos. Eso asegura que no haya grandes resistencias.

Pero, claro, ocurre lo inevitable. Como dijo hace poco Fernando Scrigna, las mayorías se cansan de oír hablar sólo de derechos de las minorías. Sobre todo, si se sienten apretadas entre la corrupción de arriba y la violencia de abajo. A la larga, se cansan de ver que el modelo las excluye, que los privilegios son para minorías que lo tienen todo y para minorías que se quejan por ser discriminadas.  La prueba es que las grandes manifestaciones feministas convocadas bajo la consigna "EleNao" parecen haber consolidado la ventaja de Bolsonaro.

Hay algo que debe decirse: los gobiernos progresistas no construyeron ciudadanía. Creyendo que la riqueza de los inversores se derramaría algún día para bienestar general, y que la miseria se conformaría con caridad estatal, no vieron necesario formar ciudadanos. Esa es otra receta del modelo global: "los ciudadanos son un mito, sólo hay consumidores y víctimas marginales que necesitan caridad".

La receta mostró ser falsa. Por eso los gobiernos progresistas van cayendo uno a uno, a medida que no pueden cumplir sus promesas. En su lugar aparecen cosas sorprendentes: fascistas, demagogos, narco gobiernos, Estados fallidos. Detrás de algunos de esos esperpentos están los mismos intereses que antes alentaban al progresismo.

La existencia de ciudadanos requiere tres cosas fundamentales: 1) un fuerte sentido de igualdad de todas las personas ante las leyes y los poderes públicos; 2) la convicción general de que es necesario comprometerse en los asuntos públicos; 3) un sistema de enseñanza orientado a formar ciudadanos sobre esas premisas. Si se dan esas tres cosas, todo lo demás viene por añadidura, incluidos el control de la corrupción y la estabilidad de los gobiernos.

Por algo el modelo global rechaza a esas tres cosas como a la peste. Por eso sustituye a la igualdad por políticas simbólicas de discriminación inversa, al compromiso con lo público por alegres opciones de consumo ya hechas, y a la educación ciudadana por la "adecuación de la enseñanza al mercado" o una vaga moralina de "educación en valores", en que nadie sabe cuáles son los valores ni quién los establece.

Los Bolsonaros de este mundo son, en buena medida, hijos de la decepción causada por el progresismo.  Y puede que sean también los nietos del mismo titiritero.

Hoenir Sarthou

Fuente:

 

                                                       

 

Brasil : CON PODER LEGISLATIVO

Por Brecha/Tadeu Breda

 

La derecha obtuvo claras mayorías en ambas cámaras del Congreso nacional y determinará las políticas, independientemente de quien salga electo presidente.

Tadeu Breda, desde San Pablo / Brecha, 12-10-2018

Habrá segunda vuelta en las elecciones presidenciales brasileñas, pero un análisis más amplio ya deja entrever que la derecha salió ganadora del proceso. Los comicios del 7 de octubre dejaron muy claro que la política nacional se ha corrido mucho hacia la derecha, quizás incluso a la ultraderecha, favoreciendo al conservadurismo.

En las elecciones para el Congreso nacional, el desconocido Partido Social Liberal (PSL) de Jair Bolsonaro, que en la actual legislatura no tiene ningún senador y en las elecciones de 2014 sólo obtuvo un diputado (aunque luego sumó siete más que cambiaron de partido), pasó a ser la segunda fuerza en la Cámara de Diputados, con 52 parlamentarios (de un total de 513), y obtuvo cuatro escaños en el Senado. El éxito de los candidatos del PSL se debe a la figura del líder del partido, Jair Bolsonaro, el ex capitán del Ejército que venció en la primera vuelta de las elecciones presidenciales con 46 por ciento de los votos válidos, es decir, fue el preferido de más de 49 millones de brasileños.

El Partido de los Trabajadores (PT), del ex presidente Lula –encarcelado desde el 7 de abril pasado–, será el que tenga más escaños en la Cámara de Diputados (56), pero aun así sus resultados representan un retroceso con respecto a las elecciones de 2014, en las que el partido consiguió 69 diputados nacionales.

Además, la agrupación ahora se encuentra aislada como fuerza centrista en la Cámara de Diputados, en medio de una clara mayoría derechista encabezada por el PSL e integrada por otros grupos que apoyaron el impeachment de Dilma Rousseff en 2016: el Partido Progresista (PP), con 37 diputados; el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), del presidente Michel Temer, con 34; el Partido Socialdemócrata (PSD), con 34; el Partido de la República (PR), con 33, el Partido Republicano Brasileño (PRB), con 30; el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), con 29; los Demócratas (DEM), con 29, Solidaridad (SD), con 13; y Podemos, con 11 parlamentarios

En el Senado, donde se renovaron dos tercios de los escaños, las fuerzas partidarias difieren un poco, pero la orientación ideológica derechista se mantiene. De un total de 81 senadores, la derecha tradicional cuenta con mayoría propia (58 escaños: MDB, con 12 senadores; PSDB con nueve; DEM con seis; PSD con siete, PP con cinco; Podemos con cinco; PSL con cuatro; PTB con tres; PR con dos, y PRB, Pros, PSC, PTC y SD con uno cada uno), lo que le dará un poder significativo.

Perfiles castrenses

Los candidatos al Congreso que pudieron asociar su imagen al fenómeno del bolsonarismo consiguieron muy buenos resultados. Ejemplo de ello son sus hijos: Eduardo Bolsonaro fue el diputado federal más votado de la historia de Brasil, y representará al estado de San Pablo, el más populoso del país; y Flávio Bolsonaro, que fue el senador más votado en Rio de Janeiro, el segundo estado más poblado.

Además hubo varios otros candidatos de perfil conservador y militarista que supieron aprovechar la aceptación de Bolsonaro entre los brasileños. Entre ellos se encuentra el "Mayor" Olimpio, ex oficial de la Policía Militar y el senador más votado en San Pablo. De los 52 diputados nacionales que consiguió el PSL, 12 utilizan rangos como "mayor", "cabo", "sargento", "coronel" o "comisario". Las referencias militares también las usan otros partidos de derecha, de manera que el Congreso que tomará posesión en 2019 tendrá una inédita configuración pro-castrense.

Aritmética electoral

El cuadro se completa con los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Jair Bolsonaro es el favorito para vencer en la segunda, en la que se enfrentará a Fernando Haddad, del PT, ex ministro de Educación de Lula y ex alcalde de la ciudad de San Pablo, que obtuvo 29,26 por ciento, es decir, más de 31 millones de votos.

El capitán retirado Bolsonaro tiene todo a su favor. La suma de los votos de todos los candidatos del centro y de la izquierda –Haddad, Ciro Gomes (PDT) Marina Silva (Rede) y Guilherme Boulos (PSOL) – no alcanza a los de Bolsonaro. Mientras tanto, se espera que los votos de los candidatos de la derecha tradicional –Geraldo Alckmin (PSDB), Henrique Meirelles (MDB), João Almoedo (Partido Nuevo) y Álvaro Dias (Podemos) – se transfieran a Bolsonaro, si no directamente por su diálogo con estos electores, sí por el sentimiento anti-PT que se creó en el país tras las denuncias de corrupción y la prisión de Lula.

Ataques a la militancia social

La situación es muy grave para los sectores populares y los movimientos sociales brasileños. En su primer pronunciamiento después de la divulgación de los resultados por el Tribunal Superior Electoral, Bolsonaro volvió a desacreditar las urnas electrónicas, recordó que va a armar a la población y dijo con todas las letras: "Vamos a acabar con el activismo en el país"

Los discursos de Bolsonaro y su equipo permiten prever hacia dónde llevarán a la nación: Bolsonaro es un ex militar, cuyo candidato a vicepresidente es un ex general y cuya campaña es coordinada por un grupo de oficiales del Ejército. Todos ellos han celebrado reiteradamente la herencia del golpe de Estado del 1964 y de la dictadura que se instaló hasta 1985, además de ensalzar como "héroes" a los hombres que torturaron y asesinaron a quienes resistieron al régimen.

Por si fuera poco, una placa en homenaje a Marielle Franco –la concejala negra del PSOL asesinada este año por su actuación en contra de grupos parapoliciales en las favelas de Rio de Janeiro– fue destruida por dos candidatos del PSL, un activista fue asesinado a cuchilladas en Bahía por decir que había votado al PT, mujeres han sido agredidas en autobuses por leer libros feministas, electores hicieron videos y fotos de sí mismos apretando las teclas 1 y 7 de la urna electrónica –17 era el número de Bolsonaro– con la punta de una pistola. Todas señales de que bajo la presidencia del ex paracaidista el Estado no actuará solo en su misión de "acabar con el activismo".

En Brasil siempre se ha perseguido a los militantes políticos, ya sea con agresiones, con asesinatos o con la cárcel. La persecución no terminó con la dictadura; sería más correcto decir que se incrementó luego de finalizada, en la medida en que aumentó la capacidad de vigilancia y represión del Estado. En un país violento por naturaleza –en 2017 más de 60 mil personas murieron asesinadas– ya se puede entrever qué resultados tendrá una política de acceso a las armas al estilo estadounidense, como la que propone Bolsonaro.

La mano dura en el terreno político y social vendrá acompañada por una apertura sin precedentes de la economía, ya que el gurú económico del candidato ultraderechista, Paulo Guedes, es un defensor de la "privatización de todo", con aumento de impuestos a los más pobres y su reducción a los más ricos. Guedes además es defensor de crear alianzas con los "países que funcionan", en palabras de Bolsonaro, es decir, los países centrales del capitalismo, léase el Estados Unidos de Donald Trump. Al militarismo y al ultraneoliberalismo del ex capitán se suma su reciente fe cristiana neopentecostal, que le hace citar constantemente a la Biblia y que le aseguró el apoyo de las iglesias evangélicas más fuertes e influyentes del país, como la Iglesia Universal del Reino de Dios

Limitaciones para el PT

Una victoria de Fernando Haddad no está descartada. A pesar de todas sus limitaciones –la falta de carisma, sobre todo, ya que se trata de un arrogante profesor universitario incapaz de dialogar con el pueblo más humilde–, y aunque el candidato del PT tenga por delante el dificilísimo reto de vencer el antipetismo, todos los brasileños que comprenden el riesgo que representa Bolsonaro para los restos de la democracia que nunca tuvimos van a votar por el candidato ungido por Lula. Aunque no crean en sus capacidades, aunque no crean en el PT.

Pero de todas formas, un eventual gobierno petista no será suficiente para frenar el avance de la derecha. No hay que hacerse ilusiones sobre la orientación de la política brasileña en los próximos cuatro años. La izquierda quedará aislada en la Cámara de Diputados: los parlamentarios que suscriben claramente a una ideología de izquierda no suman más que cinco decenas (por ejemplo, el PSOL sólo consiguió diez escaños). Si gana, Haddad tendrá que hacer alianzas con la derecha para poder gobernar y hacer frente a la ultraderecha. Pero en el peor de los casos podría sufrir un nuevo proceso de impeachment, como Dilma Rousseff, o los militares podrían decidir salir de los cuarteles.

En la segunda vuelta se definirán la presidencia de la República y también las gobernaciones. Todavía no está todo determinado, aun menos en unos comicios en que las fake news influyeron mucho en la opinión del electorado, y tras una campaña en la que un candidato fue detenido, otro fue acuchillado y un tercero hizo propaganda rezando en la cima de un monte

No obstante, es un hecho incuestionable que el giro a la derecha ha sido muy bien orquestado. El pueblo ahora sólo tendrá que decidir si prefiere que la represión, el ultraneoliberalismo y el fundamentalismo religioso se impongan en Brasil como un tsunami –a través de un Bolsonaro en el Ejecutivo y con un Legislativo alineado–, o que lleguen en forma de olas más pequeñas –con un Haddad presidente, pero con las manos atadas por el Congreso–. En cualquier caso, la derecha ya se asentó.

Publicado en:  Posta Porteña 1959  /      http://infoposta.com.ar/notas

 

                                                 

 

BRASIL, ELECCIONES y URUGUAY

Sirio López Velasco
lopesirio@hotmail.com

19/10/2018

enviado por pmarrero2010@gmail.com

Amig@s de Uruguay: Relean la primera línea del breve texto que les envié en enero de 2018 (fue publicado en Aporrea, en Venezuela), y que les reitero más abajo. Lula, el PT y el lulismo no hicieron la autocrítica de su parte de responsabilidad en la corrupción sistémica imperante en Brasil (ni siquiera la palabra "corrupción" figuró en sus pronunciamientos), y perderán la elección presidencial contra el fascista Bolsonaro, declaradamente pro-yanqui.

Éste basó toda su campaña en dos puntos: por un lado asoció la corrupción exclusivamente al PT, para erigirse como abanderado del antipetismo (que la red Globo y la gran prensa en general habían sembrado profusamente y llevó al impeachment de Dilma Rousseff), y, paralelamente, reivindicó el lema "el bandido bueno es el bandido muerto", para dar respuesta al miedo a la inseguridad ciudadana reinante en casi toda la sociedad brasileña.

Dos hechos marcaron esta elección.

1) Por un lado, el carácter decisivo de las redes sociales (donde cundieron profusamente las "fake news", noticias falsas, pero el 80% de los encuestados dijo que se informaba a través de tales redes) en detrimento de la otrora decisiva gran prensa (que sólo tuvo importancia cuando transmitió entrevistas o debates con los principales candidatos; el candidato presidencial que contaba con el 60% del tiempo del horario gratuito en radio y TV cosechó sólo el 5% de los votos), y, 2) por otro lado, la búsqueda de "lo (supuestamente) nuevo" (aunque Bolsonaro lleva casi tres décadas de presencia ininterrupta totalmente mediocre en la Cámara de Diputados, se presentó como el candidato anti-sistema opuesto a la partidocracia reinante); esa última postura llevó a que a la Cámara de Diputados ingresaran casi la mitad (47%) de nuevos miembros en comparación con la legislatura precedente.

Todo ello me lleva a preguntar(les) si en Uruguay, en vez de cederle el paso a la derecha pero/y usando la estrategia bolsoranista anti-sistema y las novedades ocurridas en Brasil, no puede surgir de cara a las elecciones de 2019 y siguientes una alternativa de izquierda poscapitalista que usando permanente y profusamente las redes sociales, defienda:

a) la mayor democracia directa posible (usando todo el potencial de internet) y una amplia renovación de la clase política en los cargos de representación que se revelen indispensables, sometiendo toda la gestión pública a permanentes controles populares, para evitar la corrupción (muy sonada en el caso Raulito y otros) y aumentar la eficiencia

b) una política de seguridad ciudadana (tema que al igual que en Brasil preocupa mucho a los uruguayos y está siendo diariamente explotado por la derecha, que puede ganar la elección de 2019 con Lacalle) basada en la auto-organización popular de los barrios y las localidades, sostenida por permanente apoyo estatal,

c) defensa y ampliación de todos los derechos sociales (incluyendo el acceso universal y gratuito a la educación y la salud) y del cuidado del medio ambiente (el agua, la tierra, el aire y todos los seres vivos), usando para tanto los recursos provenientes de un no pago selectivo de la deuda pública, y tratando de aplicar, según la disponibilidad del fondo social de producción que proviene del trabajo de todos los ciudadanos, el principio que reza "de cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades, respetando los equilibrios ecológicos"),

d) reforma agraria basada en la expropiación de las extensiones que superen las 2.500 hectáreas, y que devuelva al campo, en empresas estatales sometidas a control popular, y en cooperativas socialistas, a la mayoría de los actuales presos y sus familias, así como a voluntarios, debidamente capacitados y apoyados financiera y técnicamente, para producir abundante alimentación orgánica, sin agrotóxicos ni transgénicos,

e) una permanente apertura hacia el futuro, acogiendo diariamente la agenda de la juventud en su diversidad de preocupaciones e innovaciones (como en la sexualidad, la educación, los usos y la cultura), y que incluye el área de nueva tecnología sostenible adecuada al país, y,

f) una integración solidaria con A. Latina, para que el país y la región asuman una postura cooperativa, soberana e independiente en el escenario mundial.

Para presentarse a las próximas elecciones esa alternativa debe, u ocupar de inmediato un Lema ya existente (como el del MRO, si aún está vigente), o iniciar ya ahora el difícil camino del registro legal de un nuevo Lema.

Aguardo sus respuestas. Un abrazo: Sirio

NOTAS SOBRE EL CASO LULA Y LA NUEVA DEMOCRACIA

Prof. Dr. Sirio López Velasco
(Universidade Federal do Rio Grande – lopesirio@hotmail.com)
27/01/2018

El ex-Pte. Lula y el lulismo le deben al país y a la izquierda de A. Latina y mundial una autocrítica sobre su parte de culpa en la corrupción institucional reinante en Brasil (que, se sabe, ya venía desde antes, como lo prueban los casos ocurridos en los gobiernos de Collor y de Fernando Henrique Cardoso); eso es un hecho. Al mismo tiempo, el ex-Pte. Lula, el lulismo y muchos analistas consideran que tanto el impeachment de la Pte. Dilma Rousseff como la condena judicial de Lula son fruto de una conspiración neoliberal de grandes empresarios, banqueros, agentes financieros (el Primer Poder, económico, "el Mercado", no sometido al alcance de las decisiones resultantes de la voluntad democrático-popular), las cúpulas partidarias de la derecha y del falso centro-izquierda, la gran prensa (en especial la Globo, erigida en Cuarto Poder, a veces con peso de Primer Poder), sectores de los Poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y factores externos (vinculados al imperio yanqui-OTAN, deseoso de controlar los recursos naturales brasileños y de subordinar a sus intereses la política internacional de Brasil).

Algunos comentaristas consideran que el ataque a la Pte. Dilma y al ex-Pte. Lula fue decidido cuando bajaron los precios internacionales de las commodities y que en Brasil la torta había disminuído de tamaño, lo que llevó a los super-ricos a no querer más compartir con los pobres ni siquiera las migajas que habían concedido a éstos los Gobiernos del PT (a través, en especial, del Programa Beca Família, que retiró a millones de la pobreza extrema, sin, no obstante, proporcionarles las condiciones para una subsistencia autónoma que les permitiese renunciar a aquella ayuda dentro del capitalismo, y, mucho menos, enrumbarse hacia el poscapitalismo, que concebimos como un socialismo en perspectiva ecomunitarista). También puede pensarse que cerca de la mitad del segundo mandato de la Pte. Dilma, aquellos sectores decidieron actuar porque percibieron que la Pte. lograría hacer elegir un sucesor, alejándolos otra vez de la conducción del país por la vía de la voluntad de las urnas.

Sea como sea, la conducta efectiva de los sectores antes mencionados obligan a Lula, al lulismo y a todos quienes luchan por el socialismo a cuestionar hasta su raíz al Estado y a la Seudodemocracia actuales, con sus bases económicas y prolongamientos (como lo es una gran prensa al servicio de los intereses de los poderosos). No hacerlo seria condenarse a tropezar una y otra vez con la misma piedra, viendo a Lula o a quien venga a substituirlo, o imposibilitado de llegar a la Presidencia, o ser retirado de la misma por la vía del impeachment (por la acción combinada de los sectores antes citados), bajo cualquier pretexto (como lo fue, por ejemplo, el de las supuestas "bicicletas fiscales", supuestamente usadas por la Pte. Dilma, y de las que hoy nadie más habla pues los especialistas dicen que inmediatamente después del impeachment fueron legalizadas por y para Temer, para facilitar su tarea de acabar con diversos derechos de los brasileños, rematar el país en beneficio de las multinacionales y en detrimento de la orientación público-estatal de sectores estratégicos, y someter al Brasil a la política internacional de los EEUU).

Hacer esa reconsideración a fondo debería llevar a Lula y a la izquierda a proponer al país una refundación completa de la democracia, que incluya la democratización de la economía (hoy en Brasil, según Oxfam, cinco billonarios tienen la misma riqueza que la mitad de la población más pobre del país), de la gran prensa (aprobando una "ley de los tres tercios iguales" entre prensa pública/estatal, comunitaria y privada, que impida que esta última erija monopolios u oligopolios nacionales o regionales que crean-controlan una falsa "opinión pública" manipulada), que promueva la educación ambiental ecomunitarista en todo un sólido sistema educativo público, gratuito, de calidad y al servicio de los más necesitados (como también habrá de serlo un nuevo Sistema Único de Salud), potencie el ejercicio de la democracia directa (o por lo menos participativa) por el pueblo (en especial mediante repetidos plebiscitos y referendos de alcance municipal, estadal y nacional, para decidir sobre cuestiones que afectan la vida de la ciudadanía muy significativamente, como es el caso de las diretrices macroeconómicas y de política externa, leyes laborales, cuestiones ambientales, y sistemas de salarios, jubilaciones/pensiones, seguridad y defesa, entre otros temas que hace mucho tiempo en Suiza son sometidos a la decisión popular), e incluya activamente al ciudadano en las tareas de seguridad y defensa de su comunidad y del país; tal democracia debe limitar el número de los mandatos (incluso en el poder judicial, cuyos miembros también deberán surgir de la elección popular y estar bajo control popular, como ocurría en la Grecia antigua), promover la rotación de los ciudadanos en el ejercicio de las funciones públicas (para evitar la perpetuación de la actual clase política corrupta), y cortar de raíz la corrupción mediante un efectivo y continuado control popular sobre los actos de todos los funcionarios.

El conjunto de estos cambios debe orientarse rumbo al socialismo de perfil ecomunitarista, donde el pueblo podrá vivir una vida digna (aunque frugal, como lo imponen los imperativos ecológicos). Esa nueva democracia brasileña velará de manera permanente por la soberanía nacional, y habrá de articularse con una A. Latina integrada solidariamente y con postura/ación soberana e independiente en el escenario mundial.

Bibliografía mínima

López Velasco, Sirio. Ideas y experiencias de la democracia. Una mirada ecomunitarista, Ed. Fi, Porto Alegre, 2017, disponible gratuitamente en https://www.editorafi.org/180sirio

Lopez Velasco, Sirio. Contribuição à Teoria da Democracia: uma perspectiva ecomunitarista, Ed. Fi, Porto Alegre, 2017; disponible gratuitamente en https://www.editorafi.org/196sirio

 

Uruguayo-brasileño (1951). Dr. en Filosofía por la Université Catolhique de Louvain (Bélgica). Desde 1989 es professor titular de Filosofía en la Fundação Universidade Federal de Rio Grande (FURG, en Rio Grande, Brasil) donde ayudó a crear la Maestría y luego el Doctorado en Educación Ambiental (los primeros del Brasil). Desde 1996 ha encontrado el fundamento último de la ética y desarrolla la ética argumentativa ecomunitarista. Libros: "Reflexões sobre a Filosofia da Libertação" (1991), "Ética de la Producción" (1994), "Ética de la Liberación" Vol. I ["Oiko-nomia"] (1996), " Ética de la Liberación" Vol. II [Erótica, Pedagogía, Individuología] (1997), "Ética de la Liberación" Vol. III [Política socioambiental ecomunitarista] (2000), "Fundamentos lógico-lingüísticos da ética argumentativa" (2003), "Ética para o século XXI. Rumo ao ecomunitarismo" (2003), "Ética para mis hijos y no-iniciados" (2003), "Alias Roberto – Diario ideológico de una generación" (2007) e "Introdução à Educação Ambiental Ecomunitarista" (2008).

 

fuente:  https://publicar.argentina.indymedia.org/?p=971

 

 

 

     n° 504

26/10/2018

Frida Khalo