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URUGUAY

                                n°505

30/11/2018
Frida Khalo
                

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

                                                                   El hombro en Luisa Cuesta

Hoy cargué sobre mi hombro el féretro de Luisa Cuesta. Le llevamos a pulso hasta el crematorio del Cementerio del Norte. Solo tres cuadras en que intentábamos en vano mantener en nivel el cajón que la contenía, evitando pisar o tropezar con quien le sostenía delante y detrás. Perdiendo solemnidad en la inexperiencia, pero con un mismo amor…
Mi hermanita Alejandra encabezaba el cortejo, tomando con firmeza el ataúd, intentando adivinar el camino detrás de sus lágrimas, apretando entre sus dientes el enojo para tragar el dolor y transformarlo en coraje, sustantivo que nos ha legado la propia Luisa durante sus 98 años de vida, 42 de ellos dedicados a la búsqueda de su hijo desaparecido por la dictadura.
Sobre la madera apoyada en mi clavícula derecha adivinaba la cabeza de Luisa. Por algunos segundos la imaginé… tiesa, fría, con los ojos cerrados, la mirada apagada, sin posibilidad de acentuar las palabras de su firme voz gesticulando con sus manos, sin esconder sus dedos torcidos por la artrosis, probablemente el menos doloroso de todos sus dolores.
Pese a la incomodidad del traslado, su cajón era liviano. Su pequeño cuerpo, sin vida, me dejaba sentir una fragilidad que nunca exhibió públicamente. Ni cuando le entregó la lista de desaparecidos al vicepresidente Tarigo, ni cuando criticó a Sanguinetti y Lacalle por ir a los actos militares, ni cuando Batlle se le cuadró y le hizo la venia, ni ante Vázquez o Mujica.
Seguramente ninguno de ellos sabía que ella había sobrevivido a la intoxicación cuando la metieron presa luego del golpe de Estado. En su carpa, dentro del cuartel de Mercedes se "encanutaba" todo lo prohibido por los militares, pero ningún milico entraba porque con la excusa de pulgas y garrapatas Luisa había enviciado el lugar con "Gamezán".
Y Luisa sobrevivió. A la represión antes y en la dictadura, a la desaparición de su hijo Nebio Melo y a las excusas que le dieron para negar su presencia, al exilio y al idioma de nueve vocales del país nórdico en que se refugió, al desexilio y el reiniciar su tarea de búsqueda, a la derrota del verde y el rosado, incluso a las mentiras de Estado y a los engaños políticos.
Al encontrarnos en algún boliche, luego de una actividad, yo jugaba a decirle que ella era mi novia y ella, con mirada pícara y sonrisas, me tildaba de "atorrante". No dudó en creerme cuando por mis investigaciones periodísticas en Argentina trasmití al grupo de Familiares mi convicción de que todos habían sido trasladados a Uruguay... Sé que me quería.
Le resultó indignante que el Ministerio del Interior vaciara de contenido un listado de presos de la dictadura en el que figuraba el nombre de Nebio. Con la excusa de proteger los datos personales de quienes podían ser testigos o piezas del mosaico de detención o desaparición de su hijo, el Estado jugó con las leyes de transparencia, para volver a ocultarle la verdad. (1)
No judicializó su caso hasta 2012 cuando hubo testimonios sobre la hipótesis de que Nebio, secuestrado en Buenos Aires el 8 de febrero de 1976, también fue traído a Uruguay y estuvo en el "300 R", como denominaban a la casona de Punta Gorda donde la OCOA y el SID tenían uno de sus centros de tortura. Siempre había buscado a todos los desaparecidos.
La causa fue trancada con un recurso de prescripción de los abogados de Jorge Silveira y José Gavazzo. El reclamo rechazado por el juez penal de 1° turno en 2014, derivó a un tribunal de alzada que volvió a denegar el pedido en 2017, un mes después que el caso pasara a los juzgados 22° y 23°, donde ahora convocarían a una audiencia que Luisa no podrá presenciar.
Luisa sufrió un quebranto de salud en 2015 y, luego de un tiempo internada, se encontraba en una casa de salud, donde falleció el miércoles pasado. Los médicos dijeron que fue un accidente vascular, yo creo que fue de impunidad, la enfermedad social que afecta a todos los uruguayos desde la Ley de Caducidad, y se ha convertido ya en una cultura de impunidad.
Hoy cargué sobre mi hombro el féretro de Luisa Cuesta. Y no supe, hasta que vi la foto de Martha Passeggi, que la cabeza que sentía apoyarse en mi mano, atravesada hasta tomar el otro lado del cajón, era la de su nieta Soledad, la hija de Nebio... Lo que sí sé, es que ambas renuevan ahora mi compromiso con la verdad, que llegará, para hacerse justicia y memoria.