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Mitos progresistas (I): La crítica al progresismo es hacerle el juego a la derecha

Huáscar Salazar Lohman
Asistimos en América Latina a los tiempos en que el agotamiento de aquello que se entendió como el "ciclo progresista" es demasiado evidente. Pero las preocupantes y grotescas manifestaciones de este proceso de decadencia se dan en paralelo a la cruzada neocolonizadora, diría Verónica Gago, en la que se establece una alianza entre neoliberalismo y conservadurismo y desde la cual se impulsan gobiernos como el de Macri en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Duque en Colombia; u otros cada vez más alineados –como el de Moreno en Ecuador–; o posibles retornos, como la relevancia que viene adquiriendo el candidato de la derecha tradicional en Bolivia, Carlos Mesa, que se presenta como aparente y única alternativa electoral al gobierno del MAS, el mismo que está cada vez más descompuesto y autoritario.

 Frente a este escenario, cierta intelectualidad de izquierda viene pregonando la necesidad de aferrarnos al progresismo que existió como única alternativa al escenario conservadora –una vuelta al pasado–. El restablecer esta forma de gobierno ganando comicios que se avecinan se convierte, pues, en el problema a resolver, convocando a cerrar filas en torno a esos "liderazgos históricos" con vocación redentora. Cualquier posición contraria es rápidamente tildada de hacerle el juego a la derecha. Y es que frente al brutal avance conservador, que tiene implicaciones directas en las condiciones materiales y simbólicas de vida de los sectores populares, todo ello pareciera tener sentido. 

Pero este argumento, el de la funcionalidad a la derecha –o sus múltiples derivaciones–, ha tenido complejas implicaciones y se ha convertido en un mecanismo sobre todo de desmovilización de disidencia. Esta acusación no es una novedad del progresismo latinoamericano, sino más bien la expresión de un razonamiento bastante extendido sobre cómo concebir la izquierda, la lucha social y la transformación del mundo. Y que responde, finalmente, a una matriz epistémica que es incapaz de superar los límites del propio pensamiento dominante: la política se reduce al ámbito estatal; la verdad se asocia a los denominados liderazgos históricos; la ideología de un grupo se concibe como capaz de totalizar la comprensión de la realidad; la función militante se entiende como aquella destinada a enseñar/iluminar y salvar a una sociedad que no tiene conciencia de lo que le sucede. Desde esta matriz solo se pueden hacer las cosas de una sola manera. En fin, una forma de razonar, que más allá de las palabras mágicas –diría Silvia Rivera Cusicanqui [1]–, reproduce las condiciones de dominación que supuestamente interpela.

Así pues, pareciera que hay solo dos maneras de no hacerle el juego a la derecha: subordinarse o callar. Varias experiencias revolucionarias y de transformación del siglo XX –de las cuales siempre nos incomodaron esos silencios que debían acatarse en aras de supuestamente no ser funcionales a lo que se critica–, nos demuestran que esta forma de proceder es más bien uno de los eslabones más débiles de cualquier proceso de transformación y lucha, que encubre, en todo caso, las causas que llevan a dichos procesos a que las cosas terminen reproduciendo –y en algunos casos empeorando– lo que supuestamente intentan cambiar.

Hace unos día el presidente Evo Morales decía: "Aquí hay solo dos cosas: derecha o izquierda, socialismo o capitalismo, pobres o ricos, macho o hembra, no hay al medio" [2], y como él concibe que en Bolivia la izquierda es exclusividad de su partido político (MAS), todo lo demás es derecha o le hace el juego a la derecha: quienes resisten a los proyectos extractivistas de Tariquía, Takovo Mora, Rositas, Chepete-Bala, TIPNIS, Cachuela Esperanza, Mallku Khota; diversos sectores sociales que se levantaron en El Alto y otras regiones del país contra el gasolinazo de 2010; quienes denuncian la alianza entre el gobierno y la oligarquía agroindustrial de Santa Cruz, la ampliación exponencial de la producción de transgénicos, ser el cuarto país con una mayor tasa de deforestación per cápita del mundo; la decidida apertura para el ingreso de transnacionales que se hacen cargo de los principales sectores extractivos depredadores; etc., etc., hablar de todo ello, desde su perspectiva, sería una actividad funcional a la derecha.

Lo llamativo, además, es que bajo esta lógica de pensamiento se prioriza tanto –pero tanto– la centralidad de quien gobierna en esta falaz antinomia entre izquierda y derecha, que se pierde de vista que ambos contrarios han venido haciendo en las últimas décadas –con diferencias de forma– casi lo mismo o, peor aún, se han convertido en opuestos funcionales que operan y gestionan un mismo patrón de acumulación. En Bolivia, una de las cosas que más ha desorganizado la política autónoma y no estatal –aquella que fue base para el establecimiento de un límite desde las luchas al neoliberalismo entre 2000 y 2005– ha sido la manera en que el gobierno del MAS reestableció el mando político en el país, lo cual fue posible en parte por la represión y persecución de dirigentes disidentes, pero también por el silencio que el discurso y la dinámica del no hacerle el juego a la derecha impuso al interior de organizaciones, movimientos, colectivos, etc. Poco a poco se fue aceptando lo que previamente era simplmente inaceptable. 

Esta consigna ha significado la supresión de la crítica y la tendencial anulación de las capacidades de lucha, no es otra cosa que un proceso de disciplinamiento que constriñe la prerrogativa de transformación. Lastimosamente, la experiencia del progresismo y la que le antecede nos demuestran que ese disciplinamiento conduce a lo contrario. En Bolivia esta dinámica política ha propiciado un escenario en el que la mesa esté servida para un momento conservador, y no porque el gobierno del MAS pueda perder en los comicios ante la derechización de la sociedad civil, sino porque las tramas asociativas y de organización popular están desarticuladas y con una capacidad de resistencia disminuida, como resultado de un proceso que tendió a silenciar cualquier voz crítica. 

Dice la filósofa catalana, Marina Garcés, que son tiempos de radicalizar la crítica combatiendo la credulidad, la cual "es la base de toda dominación porque implica una delegación de la inteligencia y de la convicción". Estoy convencido que cualquier posibilidad emancipatoria en estos tiempos tiene que pasar por este combate, de las múltiples credulidades establecidas por el obtuso horizonte y la pobreza epistémica oficial (progresista o de cualquier tipo). La primera credulidad a ser combatida, porque la historia nos lo demanda, es que la crítica y la práctica política que emergen desde el subsuelo, desde los márgenes, desde las asambleas feministas, desde las comunidades, desde las organizaciones barriales, en fin, desde todo aquello que entendemos como el abajo, no le hace el juego a la derecha ni a nadie, sino que es siempre principio y fundamento de cualquier posibilidad de transformación radical de la sociedad.

 

[1]Aquellas palabras que llegaron a "tener ese efecto de fascinación e hipnosis colectiva, al punto de acallar por una década nuestras inquietudes, aplacar nuestras protestas y hacer caso omiso de nuestras acuciantes preguntas" En su libro Un mundo Chi´xi es posible.

[2]http://www.la-razon.com/nacional/tercer-sistema-evo-morales-partido-patzi-elecciones_0_3168283204.html

Fuente: http://zur.org.uy/content/mitos-progresistas-i

     n° 513

31/07/2019

Frida Khalo